Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿Y cual es ese razonamiento?
—Helo aquÃ, despojado de todo comentario. Por una parte, ha habido robo, puesto que esas dos señoritas están de acuerdo en que ellas vieron realmente a dos hombres que huÃan llevándose objetos.
—Si, ha habido robo.
—Y, por otra parte, nada ha desaparecido, puesto que el señor de Gesvres lo afirma asÃ, y él se encuentra en mejor posición que nadie para saberlo.
—No, no ha desaparecido nada.
—De esas dos comprobaciones resulta inevitablemente esta consecuencia: que desde el momento en que ha habido robo y que nada ha desaparecido, es que el objeto llevado ha sido sustituido por otro objeto idéntico. Me apresuro a señalar que es posible que este razonamiento no quede confirmado por los hechos. Pero yo pretendo que es el primero que debe planteársenos y que no hay derecho a desecharlo sino después de un examen riguroso.
—En efecto…, en efecto… —murmuró el juez de instrucción, visiblemente interesado.
—Mas —continuó Isidoro— ¿qué habÃa en ese salón que pudiera atraer la codicia de los ladrones? Dos cosas. Primero, los tapices. Puede que no sea eso. Un tapiz antiguo no se imita, y la supercherÃa de la sustitución hubiera saltado a la vista. Quedan los cuatro cuadros de Rubens.
—¿Qué dice usted?