Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Yo digo que los cuatro Rubens colgados a ese muro son falsos.

—¡Imposible!

—Son falsos, a priori y fatalmente.

—Le repito a usted que eso es imposible.

—Hará muy pronto un año, señor juez de instrucción, un joven que se hacía llamar Charpenais vino al castillo de Ambrumésy y pidió permiso para copiar los cuadros de Rubens. Ese permiso le fue concedido por el señor de Gesvres. Cada día, durante cinco meses, de la mañana a la noche, Charpenais trabajaba en este salón. Son las copias que él hizo, marcos y telas, los que han tomado el lugar de los cuatro grandes cuadros originales, legados al señor de Gesvres por su tío, el marqués de Bobadilla.

—Presente usted pruebas.

—Yo no tengo pruebas que presentar. Un cuadro es falso porque es falso, y yo estimo que ni siquiera hay necesidad de examinar ésos.

El señor Filleul y Ganimard se miraron sin disimular su sorpresa. El inspector ya no pensaba ahora en retirarse. Por fin, el juez de instrucción murmuró:

—Necesitaría conocer la opinión del señor de Gesvres.

Ganimard aprobó esta idea, y dieron orden de rogarle al conde que viniera al salón.


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