Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Era una verdadera victoria lograda por el joven retórico. Obligar a dos hombres del oficio, a dos profesionales como el señor Filleul y Ganimard a tomar en cuenta sus hipótesis, constituía un homenaje del que cualquier otro se hubiera enorgullecido. Pero Beautrelet parecía insensible a esas pequeñas satisfacciones del amor propio y, siempre sonriente, sin la menor ironía, esperaba. Entró el señor de Gesvres.
—Señor conde —le dijo el juez de instrucción—, la continuación de nuestras investigaciones nos pone cara a cara con una eventualidad completamente imprevista y que nosotros sometemos a usted con toda clase de reservas… Pudiera ocurrir…, digo yo…, pudiera ser…, que los ladrones, al penetrar aquí, hayan tenido por objeto el robar sus cuatro Rubens o, cuando menos, sustituirlos por cuatro copias…, copias que habría ejecutado hace un año un pintor de nombre Charpenais. ¿Quiere usted examinar esos cuadros y decirnos si usted los considera como auténticos?
El conde pareció dominar un gesto de contrariedad, observó a Beautrelet, luego al señor Filleul, y respondió, sin siquiera tomarse la pena de acercarse a los cuadros:
—Yo esperaba, señor juez de instrucción, que la verdad permaneciera ignorada. Pero ya que ocurre de otro modo, no dudo en declarar: esos cuatro cuadros son falsos.