Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Decididamente, querido señor, comienzo a creer que sus camaradas no están completamente equivocados. ¡Diablos, qué magnÃfico golpe de vista tiene usted! ¡Qué intuición! Si esto continúa, el señor Ganimard y yo ya no tendremos nada que hacer.
—¡Oh!, todo eso no era en absoluto complicado.
—¿Quiere usted decir que el resto lo es mucho más? Yo recuerdo, en efecto, que en ocasión de nuestro primer encuentro, usted tenÃa el aspecto de saber mucho más. Veamos: por lo que yo puedo recordar, usted afirmaba que el nombre del asesino le era conocido.
—En efecto.
—¿Quién ha matado, entonces, a Juan Daval? ¿Ese hombre está aún vivo? ¿Dónde se oculta?
—Hay un equÃvoco entre nosotros, señor juez, o, mejor dicho, entre usted y la realidad de los hechos, y esto desde un principio. El asesino y el fugitivo son dos personas distintas.
—¿Qué dice usted? —exclamó el señor Filleul—. El hombre a quien el señor de Gesvres vio en el gabinete y contra el cual luchó…, el hombre a quien esas señoritas vieron en el salón y contra el cual disparó la señorita de Saint-Véran…, el hombre que cayó en el parque y que nosotros buscamos…, ¿ese hombre no es el que ha matado a Juan Daval?
—No.