Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —No estoy de acuerdo con usted, señor juez de instrucción. Desde el momento en que ningún inocente se hallaba acusado por ese crimen, mi derecho absoluto consistÃa en no acusar a aquél que era a la vez culpable y vÃctima. Ya está muerto. Y yo estimo que la muerte ha sido castigo suficiente.
—Pero ahora, señor conde, que la verdad ya fue dada a conocer, usted puede hablar.
—SÃ. Aquà están dos paquetes de cartas escritas por él a sus cómplices. Yo las encontré en su cartera de documentos unos minutos después de su muerte.
De ese modo, todo quedaba aclarado. El drama salÃa de las sombras y poco a poco iba apareciendo bajo su verdadera luz.
—Prosigamos —dijo el señor Filleul, después que el conde se hubo retirado.
—En verdad —manifestó alegremente Beautrelet—, ya se me está acabando lo que tenÃa que decir.
—Pero ¿y el fugitivo, el herido?
—En cuanto a eso, señor juez de instrucción, usted sabe tanto como yo… Usted ha seguido sus pasos sobre la hierba del claustro…, usted sabe…
—SÃ, yo sé…; pero después le rescataron, y lo que yo quisiera obtener son indicaciones sobre esa posada.
Isidoro Beautrelet rompió a reÃr.