Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Tan exacta que ustedes no cesan de buscarla, en contra de toda verosimilitud, y que los ojos de ustedes se desviaron del único lugar donde ese hombre pueda encontrarse… ese lugar misterioso que no ha abandonado, que no ha podido abandonar desde el instante en que, herido por la señorita De Saint-Verán, consiguió deslizarse hasta el mismo como una bestia dentro de su madriguera.
—Pero ¿dónde, maldita sea?…
—En las ruinas de la vieja abadÃa.
—Pero ¡si ya no existen verdaderamente ruinas! ¡Apenas si quedan unos trozos de muro! ¡Unas cuantas columnas!
—Allà es donde se ha encerrado, señor juez de instrucción —exclamó Beautrelet con energÃa—. Es allà donde tienen ustedes que concentrar sus esfuerzos en la busca. Es allÃ, y no en otra parte, donde encontrarán ustedes a Arsenio Lupin.
—¡Arsenio Lupin! —exclamo el señor Filleul, saltando sobre sus pies.