Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¡Ah! —exclamó Ganimard—. Nada se le escapa a usted. Usted es un tipo duro, y el viejo Ganimard le rinde honores.

Beautrelet enrojeció de satisfacción y estrechó la mano que le tendía el inspector. Los tres se habían acercado al balcón y sus miradas se tendían sobre el campo comprendido por las ruinas. El señor Filleul murmuró:

—Entonces él tiene que estar allí.

—Él está allí —dijo Beautrelet con sorda voz—. Está allí desde el mismo instante en que cayó herido. Lógica y prácticamente, no podía escapar sin ser visto por la señorita de Saint-Véran y sus dos criados.

—¿Qué prueba tiene usted de ello?

—La prueba nos la han dado sus propios cómplices. Aquella misma mañana, uno de ellos se disfrazaba de chofer y le conducía a usted aquí…

—Para recoger la gorra que era un elemento de identificación…

—Sea, pero también, y sobre todo, para visitar estos lugares, darse cuenta y ver por sí mismo qué es lo que le había ocurrido al jefe.

—¿Y se dio cuenta?


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