Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca En todo caso, en cuanto a esa victoria, el señor Filleul, lo mismo que el ministerio fiscal de París, parecían celosos de otorgarle toda oportunidad. Por una parte, en efecto, no se lograba establecer la identidad del señor Harlington ni presentar una prueba decisiva de que estuviera afiliado a la banda de Lupin. Cómplice o no, él se callaba obstinadamente. Y lo que es más, después de haber examinado su escritura, ya nadie se atrevía a afirmar que fuese él el autor de la carta interceptada. Lo único que era posible afirmar es que un señor llamado Harlington, provisto de un saco de viaje y de una cartera llena de billetes de banco, había ido a alojarse en el Grand-Hotel.
Por otra parte, en Dieppe, el señor Filleul descansaba sobre las posiciones que Beautrelet le había conquistado. No daba un solo paso adelante. En torno al individuo a quien la señorita de Saint-Véran había tomado por Beautrelet, la víspera del crimen, reinaba el mismo misterio. Y las mismas tinieblas imperaban sobre todo cuanto se relacionaba con el robo de los cuatro Rubens. ¿Qué se había hecho de esos cuadros? Y el automóvil que se los había llevado durante la noche, ¿qué camino había seguido?