Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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En Luneray, en Yerville, en Yvetot, habían sido recogidas pruebas de su paso, así como en Caudebec-en-Caux, donde había tenido que cruzar el Sena al amanecer en la barca de vapor. Pero cuando se llevó más a fondo la investigación se comprobó que ese automóvil era un coche abierto y que hubiera sido imposible cargar en él cuatro grandes cuadros sin que los empleados de la barca se hubieran dado cuenta de ello. Muy probablemente se trataba del mismo automóvil, pero, no obstante, continuaba planteándose esta pregunta: ¿qué se había hecho de los cuatro Rubens?

Y todos esos problemas el señor Filleul los dejaba sin respuesta. Cada día, sus subordinados registraban el cuadrilátero de las ruinas. Y casi todos los días él venía a dirigir las exploraciones. Pero entre eso y descubrir el escondrijo donde Lupin agonizaba —si hasta ese extremo era exacta la opinión de Beautrelet— mediaba un abismo que el excelente magistrado no parecía dispuesto a franquear.

Igualmente era natural que la gente se volviera hacia Isidoro Beautrelet, puesto que él solo había logrado penetrar las tinieblas que, aparte él, se formaban de nuevo más intensas y más impenetrables. ¿Por qué no ponía él mayor empeño en ese asunto? Considerando el punto hasta donde él lo había llevado, le bastaría un solo esfuerzo para conseguir el éxito.


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