Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Esa confianza inexplicable expresada por el periodista, nacida todavía ayer, pero ya tan grande, todo el mundo la experimentaba en relación al joven, aun cuando en la realidad los acontecimientos no la justificaran más que hasta cierto punto. No importaba. Se creía en él. Para el nada parecía difícil. Se esperaba de él lo que hubiera podido esperarse, cuando más, de algún fenómeno de clarividencia e intuición, de experiencia y de habilidad. ¡El 6 de junio! Esta fecha era señalada en todos los periódicos. El 6 de junio, Isidoro Beautrelet tomaría el rápido de Dieppe y esa misma noche sería detenido Arsenio Lupin.
Y llego el 6 de junio. Media docena de periodistas acechaban a Isidoro en la estación de Saint-Lazare. Dos de ellos querían acompañarlo en su viaje. Pero él les suplicó que no lo hicieran.
Por tanto, se marchó solo. Su departamento estaba vacío. Bastante cansado por una serie de noches consagradas al trabajo, no tardó en dormirse con pesado sueño. Y en sueños tuvo la impresión de que el tren se detenía en diversas estaciones y que subían y bajaban personas. Al despertarse a la vista de Rouen estaba todavía solo. Pero sobre el respaldo del asiento de enfrente había una amplia hoja de papel sujeta con un alfiler al paño gris de que estaba tapizado el asiento, y en la cual se fijaron sus ojos. Contenía estas palabras: