Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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«Cada cual a sus negocios. Ocúpese usted de los suyos. Si no, tanto peor para usted».

«Magnífico —se dijo él, Frotándose las manos—. Van mal las cosas en el campo enemigo. Esta amenaza es tan estúpida como la del seudo chofer. ¡Qué estilo! Bien se ve que no es Lupin el que maneja la pluma.»

El tren penetraba bajo el túnel que precede a la vieja ciudad normanda. En la estación, Isidoro dio dos o tres vueltas por el andén para estirar las piernas. Se disponía a volver a su departamento cuando se le escapó un grito. Al pasar cerca de la librería del andén había leído distraídamente en la primera página de una edición especial del Journal de Rouen estas breves líneas cuyo espantoso significado en seguida percibió.

«Última hora. —Nos telefonean de Dieppe que esta noche unos malhechores penetraron en el castillo de Ambrumésy, ataron y amordazaron a la señorita de Gesvres y secuestraron a la señorita de Saint-Véran. Se descubrieron huellas de sangre a quinientos metros del castillo, y muy cerca de allí fue encontrada una manteleta de mujer igualmente manchada de sangre. Hay motivos para temer que la desventurada joven haya sido asesinada.»


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