Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Hasta llegar a Dieppe, Isidoro Beautrelet permaneció inmóvil. Inclinado, apoyados los codos sobre las rodillas y las manos pegadas al rostro, reflexionaba. En Dieppe alquiló un automóvil. En el umbral de Ambrumésy encontró al juez de instrucción, que le confirmó la horrible noticia.
—¿Y usted no sabe nada más? —preguntó Beautrelet.
—Nada. Yo acabo de llegar.
En ese mismo momento, el brigadier de la gendarmería se aproximó al señor Filleul y le entregó un pedazo de papel, todo arrugado, desgarrado, amarillento, que acababa de recoger no lejos del lugar donde había sido descubierta la manteleta. El señor Filleul lo examinó y luego se lo tendió a Isidoro Beautrelet, diciéndole:
—He aquí algo que nos ayudará muy poco en nuestras investigaciones.
Isidoro revolvió repetidamente entre sus manos el pedazo de papel. Cubierto de cifras, de puntos y de signos, contenía exactamente el diseño que presentamos aquí:
