Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Palabras, joven, palabras. He aquí lo que es más importante. Escuche bien. Ganimard, que ha tenido que permanecer en París en estos momentos, no vendrá hasta dentro de unos días. Por otra parte, el conde de Gesvres le ha telegrafiado a Herlock Sholmes, el cual le ha prometido su ayuda para la próxima semana. Joven, ¿no cree usted que habría algo de glorioso en decirles a esas dos celebridades el día de su llegada: «Lo lamentamos mucho, queridos señores, pero no pudimos continuar esperando. La tarea se ha acabado»?

Era imposible confesar la propia impotencia con mayor ingenio de lo que lo hacia el bueno del señor Filleul. Beautrelet contuvo una sonrisa y afectando que se dejaba engañar respondió:

—Le contestaré a usted, señor juez de instrucción, que si yo no asistí hace poco a su investigación, fue con la esperanza de que usted tendría a bien comunicarme los resultados. Veamos, ¿qué sabe usted?

—Pues bien: helo aquí. Ayer noche, a las once, los tres gendarmes que el brigadier Quevillon había dejado de centinelas en el castillo recibieron de dicho brigadier un recado llamándolos a toda prisa a Ouville, donde se encuentra su brigada. Y cuando llegaron…

—Comprobaron que habían sido burlados, que la orden era falsa y que lo único que les quedaba era regresar a Ambrumésy.


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