Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —SÃ, todo eso es muy sencillo y no me turba. Lupin está muerto. Y sus cómplices lo han sabido, y para vengarse, conforme lo habÃan escrito, han asesinado a la señorita de Saint-Véran. Esos son hechos que no necesitan siquiera comprobación. Pero ¿y Lupin?
—¿Lupin?
—SÃ. ¿Qué se ha hecho de él? Muy probablemente sus cómplices rescataron el cadáver al propio tiempo que secuestraron a la joven. Pero ¿qué prueba tenemos nosotros de ese rescate? Ninguna. Ni más ni menos que de su estancia en las ruinas. Ni más ni menos que de que viva o esté muerto. Y en eso consiste todo el misterio, mi querido Beautrelet. El asesinato de la señorita Raimunda no es un desenlace. Por el contrario, es una nueva complicación. ¿Qué es lo que ha ocurrido desde hace dos meses en el castillo de Ambrumésy? Si no logramos descifrar este enigma, vendrán otros que nos harán salir los colores en la cara.
—¿Qué dÃa van a venir esos otros?
—El miércoles…, quizá el martes…
Beautrelet pareció hacer un cálculo, y luego manifestó:
—Señor juez de instrucción, hoy estamos a sábado. Yo tengo que volver al instituto el lunes por la noche. Pues bien: el lunes por la mañana, si usted quiere estar aquà a las diez, yo trataré de revelarle la clave del enigma.