Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿Verdaderamente, señor Beautrelet…, lo cree usted as� ¿Está usted seguro?
—Cuando menos, asà lo espero.
—Y ahora, ¿adónde va usted?
—Voy a ver si los hechos quieren acomodarse a la idea general que yo comienzo a discernir.
—¿Y si no se acomodan?
—Pues bien, señor juez de instrucción: serán ellos los que estén equivocados —dijo Beautrelet riendo—, y entonces buscaré otros que sean más dóciles. Hasta el lunes, ¿no es eso?
—Hasta el lunes.
Unos minutos más tarde, el señor Filleul rodaba camino de Dieppe, mientras Isidoro, provisto de una bicicleta que le habÃa prestado el conde de Gesvres, rodaba por la carretera de Yerville y de Caudebec-en-Caux.
HabÃa un punto respecto al cual el joven querÃa formarse ante todo una opinión clara, por cuanto ese punto le parecÃa justamente el punto débil del enemigo. No se escamotean unos objetos de las dimensiones de los cuatro Rubens. Era preciso, pues, que estuvieran en alguna parte. Si por el momento resultaba imposible encontrarlos, ¿acaso no serÃa posible descubrir el camino por el cual habÃan desaparecido?