Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin A mitad de la tarde, el carcelero le comunicó que acudiese al patio de la entrada. Se dirigió allí con presteza y encontró al director, que le puso en las manos del señor Weber, y éste le hizo subir a un automóvil en el que había tomado asiento alguien más.
Inmediatamente, Lupin sufrió un ataque de risa desenfrenada.
–¡Cómo, es a ti, mi pobre Weber, a quien te ha tocado cargar con el muerto! Eres tú quien será el culpable de mi fuga. Confieso que no tienes suerte. Pobre amigo mío. Habiéndote hecho ilustre, gracias a mi detención, ahora te vas a hacer inmortal con mi fuga.
Luego miró a la otra persona que estaba allí.
–Caramba, señor prefecto de Policía, ¿usted también metido en este asunto? Vaya regalito que le han hecho. Si me permite darle un consejo, quédese usted en el pasillo. Que todos los honores correspondan a Weber. Le pertenecen por derecho… Es hombre fuerte este pícaro…
El vehículo se deslizaba con rapidez a lo largo del Sena y por Boulogne. En Saint-Cloud atravesaron el río.