Los tres crimenes de Arsene Lupin

Los tres crimenes de Arsene Lupin

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–¡Qué imbécil soy! Como si ella pudiera responderme… Querido conde, haga el favor de prestarme cuarenta marcos… Gracias… Toma. Isilda, son para ti…

La muchacha tomó las dos monedas, las hizo sonar con las otras dos en el cuenco de su mano, y luego, extendiendo el brazo, señaló hacia las ruinas del palacio, con un ademán que parecía designar especialmente el ala izquierda y la cima de esa ala.

¿Se trataba de un movimiento maquinal, o bien era preciso considerar el ademán como una muestra de agradecimiento por las dos monedas de oro?

Lupin observó al conde. Éste no cesaba de sonreír.

«¿Por qué se reirá este bruto -se dijo Lupin-. Es como para creer que se está burlando de mí.»

A la buena de Dios se dirigió hacia el palacio, seguido de su escolta.

La planta baja se componía de varias enormes salas de recepción que se comunicaban unas con otras y en las que se hallaban reunidos los pocos muebles que habían escapado al incendio.


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