Los tres crimenes de Arsene Lupin

Los tres crimenes de Arsene Lupin

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–Antes de las doce de la noche. Pero me estoy muriendo de hambre. Y si usted tuviera la bondad…

Le condujeron a una sala de la comunidad que estaba destinada a comedor de los suboficiales, y allí le fue servida una buena comida, mientras el conde iba a dar sus informes al emperador.

Veinte minutos después, Waldemar regresó. Se instalaron uno frente a otro, silenciosos y pensativos.

–Waldemar, un buen cigarro sería bien venido… Se lo agradezco. Éste restalla, cual corresponde a los habanos que se respetan. Lupin encendió su cigarro, y, al cabo de unos minutos, dijo: -Puede usted fumar, conde; esto no me molesta en absoluto. Transcurrió una hora. Waldemar dormitaba, y de cuando en cuando, para despertarse, bebía una copa de coñac. Los soldados iban y venían prestándoles servicio.

–Café -pidió Lupin. Le trajeron café.

–¡Qué malo es! – gruñó-. Si es éste el café que toma el cesar… A pesar de ello, que me sirvan otra taza, Waldemar. La noche quizá resulte larga. ¡Oh, qué mal café!


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