Los tres crimenes de Arsene Lupin

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A las nueve de la mañana, sin embargo, Lupin hizo un primer ademán, una especie de esfuerzo por despertarse. Un poco más tarde balbució: -¿Qué hora es? – Las nueve y treinta y cinco.

Realizó un nuevo esfuerzo y dio la sensación de que, a pesar de su aletargamiento, todo su ser se ponía en tensión para volver a la vida. Un reloj de péndulo dio diez campanadas. Lupin se estremeció, y dijo: -Que me lleven…, que me lleven al palacio.

Con la aprobación del médico, Waldemar llamó a sus hombres e hizo avisar al emperador.

Lupin fue colocado sobre unas parihuelas, y todos se pusieron en marcha hacia el palacio. – Al primer piso -murmuró Lupin. Le subieron.

–Al extremo del pasillo -dijo-. A la última sala a la izquierda. Le llevaron a la última sala, que era la que hacía el número doce, y le dieron una silla, sobre la cual se sentó, agotado.

Llegó el emperador. Lupin no se movió, conservando un aspecto de inconsciencia y con la mirada sin expresión alguna.


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