Los tres crimenes de Arsene Lupin

Los tres crimenes de Arsene Lupin

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–¡Ah!, ése es el punto que me cuesta más trabajo aclarar. Siempre tuve la idea de que era preciso sumar las tres cifras ocho, uno y tres, y el número doce, así obtenido, me pareció inmediatamente que se aplicaba a esta sala, que es la número doce de la galería. Pero eso no me bastaba. Tenía que haber otra cosa; otra cosa que mi cerebro debilitado no conseguía formular. La vista de ese reloj, de ese reloj situado exactamente en la sala de Napoleón, constituyó una revelación para mí. El número doce significaba evidentemente la duodécima hora. Mediodía. Medianoche. ¿No es, acaso, un instante más solemne y que se escoge más voluntariamente? Pero ¿por qué esas tres cifras ocho, uno y tres, más bien que otras que hubieran, asimismo, proporcionado el mismo total? Fue entonces cuando pensé en hacer sonar el reloj por primera vez a título de ensayo. Y fue haciéndolo sonar que comprobé que las puntas de la primera, de la tercera y de la octava hora eran móviles. Entonces obtuve tres cifras: uno, tres y ocho, que, colocadas en orden inverso, daban el número ochocientos trece. Waldemar apretó las tres puntas. Se produjo el desprendimiento. Su majestad sabe ya el resultado… Ahí está, señor, la explicación de esa palabra misteriosa y de esas tres cifras que forman el ochocientos trece, que el gran duque escribió con su mano de agonizante y gracias a las cuales tenía la esperanza de que su hijo encontraría un día el secreto de Veldenz, y se convertiría en dueño y señor de las famosas cartas que él había ocultado.


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