Los tres crimenes de Arsene Lupin
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III
Acababa de penetrar en el restaurante un hombre que colgó en una percha su sombrero -un sombrero negro de fieltro blando-, se sentó a una pequeña mesa, examinó la carta que le entregó un camarero, pidió los platos escogidos y luego esperó inmóvil, con el busto rígido y los brazos cruzados sobre el metal.
Lupin le observó, situado completamente de cara a él.
Tenía un rostro delgaducho y seco, enteramente lampiño, las órbitas de los ojos profundas y en las cuales se percibían unas pupilas grises, aceradas. La piel parecía estirada de un pómulo al otro como un pergamino tan basto y espeso que no hubiera podido perforarlo ni un pelo de la barba.
Y aquel rostro era apagado. No lo animaba la más tenue expresión; ningún pensamiento parecía latir bajo aquella frente de marfil. Las pupilas, sin pestañas, jamás se movían, lo que daba a aquella mirada la fijeza de la de una estatua.
Lupin hizo seña a uno de los mozos del establecimiento.
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