Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Lupin se volvió hacia el subjefe, que escuchaba con la boca entreabierta.
–Mi querido Weber, el ascenso de usted me parece que se encuentra comprometido por entero. Porque, en fin, si el señor Lenormand no soy yo, entonces es que aquél existe… Y si existe, yo no dudo que el señor Formerie, valiéndose de todos sus talentos, no acabe por descubrirlo… En cuyo caso…
–Lo descubriremos, señor Lupin -exclamó el juez de instrucción-. Yo me encargo de ello, y confieso que el careo entre usted y él no va a constituir una cosa banal.
El juez tamborileaba con los dedos sobre la mesa.
–¡Qué divertido! En verdad, uno no se aburre con usted. AsÃ, pues, usted serÃa el señor Lenormand, y en ese caso serÃa usted también quien hizo detener a su propio cómplice Marco.
–Perfectamente. ¿Acaso no era preciso complacer al presidente del Consejo y al propio tiempo salvar al Gabinete? El hecho es histórico.