Los tres crimenes de Arsene Lupin

Los tres crimenes de Arsene Lupin

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–¡Un gran duque él! ¡Hermann Cuarto de Deux-Ponts-Veldenz! ¡Príncipe reinante! ¡Gran elector! ¡Es para morirse de risa! ¡Él! Pero si se llama Beaupré, Gerardo Beaupré, el último de los vagabundos… Un mendigo al que recogí del fango. ¿Gran duque? Pero si fui yo quien le hizo gran duque. ¡Ah, ah, qué cosa tan divertida!… Si usted le hubiera visto cortarse el dedo meñique…, se desvaneció tres veces…, era una gallina mojada… ¡Ah!, y tú te permites poner los ojos sobre las damas… y rebelarte contra el amor… Espera un poco, gran duque de Deux-Ponts-Veldenz.

Lupin le levantó en sus brazos como un fardo, le balanceó unos momentos en el aire y le arrojó por la ventana abierta.

–Cuidado con los rosales, gran duque…, tienen espinas.

Cuando se volvió, Dolores estaba junto a él y le miraba con ojos que él no le había visto nunca…, los ojos de una mujer que odia y a quien la cólera ha exasperado. ¿Era posible que ésta fuese Dolores, la débil y enfermiza Dolores?

Ella balbució:


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