Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –SÃ, su nombre es ése, se llama asÃ… A pesar de todo, ése es su nombre… Luis de Malreich… L y M…, recuérdelo usted…, no investigue más… Es un terrible secreto, y además, ¡qué importa!… El culpable está allá… Él es el culpable… Yo se lo dije. ¿Acaso se defendió cuando yo le acusé cara a cara? ¿Acaso podÃa defenderse, lo mismo con ese nombre que con otro? Es él…, es él… Él ha matado… Él golpeó con el puñal… El puñal de acero… ¡Ah!, si se pudiera decir todo… Luis de Malreich… Si yo pudiera…
Ella se revolcaba sobre la otomana, presa de una crisis nerviosa, y su mano estaba crispada sobre la de Lupin, el cual escuchó que Dolores tartamudeaba estas palabras mezcladas con otras ininteligibles.
–Protéjame…, protéjame…, sólo usted puede hacerlo…, no me abandone, soy tan desgraciada… ¡Ah, qué tortura, qué tortura!…, es un infierno.
Lupin, con su mano libre, le acarició los cabellos y la frente con infinita dulzura, y, a influjo de la caricia, ella se tranquilizó poco a poco.