Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin La vista que desde allí se dominaba era magnífica, abarcando a la punta de Sorrento y toda la isla de Capri. El azul ardiente del mar dibujaba la curva admirable del golfo, y los frescos aromas se mezclaban al perfume de los limoneros.
–Señor -dijo Waldemar-, todavía es más hermoso el paisaje visto desde la pequeña capilla del ermitaño que se encontraba en la cumbre.
–Vamos entonces.
El propio ermitaño estaba bajando a esa hora a lo largo de un escabroso sendero. Era un anciano de paso vacilante y de espalda curvada. Llevaba en la mano el registro en el que los viajeros inscribían, de ordinario, sus impresiones.
Colocó ese registro sobre un banco de piedra.
–¿Qué debo escribir? – preguntó el emperador.
–Poned vuestro nombre, señor, y la fecha de vuestro paso por aquí…, y lo que os agrade.