Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –Pero eso es una locura, por cuanto yo fui allà y he registrado todas y cada una de las habitaciones… Un hombre no se oculta lo mismo que una moneda de cinco francos.
–Entonces, ¿qué nos queda por hacer? – gimió el señor Formerie.
–¿Que qué nos queda por hacer, señor juez de instrucción? – respondió Lupin-. Es muy sencillo. Subir a un coche y llevarme, con todas las precauciones que usted quiera tomar, al veintinueve de la calle Dupont. Es la una. A las tres, yo habré descubierto a Steinweg.
El ofrecimiento era preciso, imperioso, exigente. Los dos magistrados sufrieron el peso de aquella voluntad formidable. El señor Formerie miró al señor Weber. Después de todo, ¿por qué no? ¿Qué podrÃa oponerse a realizar aquella prueba?
–¿Qué opina usted, señor Weber?
–Pues… no lo sé muy bien.
–SÃ; pero, no obstante…, se trata de la vida de un hombre…