Los tres crimenes de Arsene Lupin

Los tres crimenes de Arsene Lupin

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Excepto a la hora de la comida, Lupin durmió de nuevo hasta la mañana siguiente. Solamente se despertó al oír ruido de cerraduras y cerrojos.

–Levántese -le dijo el carcelero-. Vístase… Hay prisa.

El señor Weber y sus hombres le recibieron en el pasillo y le llevaron a un automóvil.

–Chófer, al veintinueve de la villa Dupont -dijo Lupin al subir al vehículo-. Y rápido.

–¡Ah! Entonces, ¿ya sabe usted que vamos allí? – le dijo el subjefe.

–Evidentemente que lo sé, puesto que ayer le di cita al señor Formerie en el veintinueve de la villa Dupont, a las diez en punto. Cuando Lupin dice una cosa, ésta se cumple. He aquí la prueba de ello…

Desde la calle de Pergolése las precauciones extraordinarias de la Policía excitaron la alegría del prisionero. Las calles estaban atiborradas de agentes. En cuanto a la villa Dupont, esta calle se hallaba pura y simplemente cerrada a la circulación.


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