Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –Un verdadero estado de sitio -comentó con sarcasmo Lupin-. Weber, distribuirás de parte mÃa un luis a cada uno de esos pobres tipos a quienes has molestado sin necesidad alguna. De todos modos, qué miedo tenéis. Un poco más y me habrÃais puesto las esposas.
–Yo no esperaba más que cumplir tus deseos -respondió Weber.
–Al diablo, amigo mÃo. Hay que igualar la partida entre nosotros. Piensa que hoy no eres más que un trescientos.
Con las manos encadenadas, bajó del coche celular delante del pórtico de la residencia y seguidamente lo condujeron a una estancia donde se encontraba el señor Formerie. Los agentes salieron. Se quedó solamente el señor Weber.
–Perdóneme, señor juez de instrucción. He llegado quizá con uno o dos minutos de retraso. Pero tenga la seguridad de que la próxima vez ya me las arreglaré…
El señor Formerie estaba lÃvido. Se sentÃa agitado por un temblor nervioso y tartamudeó: