Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin El alemán sacó de su bolsillo un tubo de cobre que estiró, alargándolo como si se tratara de un catalejo y en el extremo del cual se hallaba fijado un minúsculo frasco.
Lupin tomó el frasco, vertió algunas gotas sobre el pañuelo y aplicó éste sobre la nariz del jefe de los carceleros.
–Magnífico… El buen hombre ya tiene lo que necesita… Esto me costará ocho o quince días de calabozo… Pero… son pequeños gajes del oficio.
–¿Y yo?
–¿Y tú? ¿Qué quieres que te haga yo?
–¡Caray! El puñetazo…
–Tú no tienes que ver nada con eso.
–¿Y la autorización para visitarte? Se trata de una falsa autorización.
–Tampoco tienes que ver nada con eso.
–Pero me aproveché de ella.