El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Hube de constatar que Robert Darzac estaba muy emocionado y sospeché que la afirmación de Rouletabille no podía gustarle. Pero entonces, si temía tanto que se descubriera al asesino, ¿por qué (preguntaba yo a mi propio pensamiento), por qué ayudaba al reportero a encontrarlo? Mi joven amigo parecía haber recibido la misma impresión que yo y dijo brutalmente:

—¿No le disgustará, señor Robert Darzac, que encuentre al asesino?

—¡Ah! Me gustaría matarlo con mis propias manos —exclamó el novio de la señorita Stangerson con un impulso que me dejó estupefacto.

—¡Le creo! —dijo gravemente Rouletabille—. Pero no ha contestado a mi pregunta.

Pasábamos al lado del bosquecillo del que nos había hablado hacía un momento el joven reportero; entré en él y le enseñé las huellas evidentes del paso de un hombre que se había escondido allí. Rouletabille tenía razón una vez más:

—¡Que sí, hombre, que sí!… —dijo—. Tenemos que vérnoslas con un individuo de carne y hueso, que no dispone de más medios que los nuestros, y por fuerza todo se arreglará.

Dicho esto, me pidió la suela de papel que me había confiado y la aplicó sobre una huella muy nítida que había detrás del bosque. Luego volvió a levantarse diciendo: «¡Pardiez!»


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