El Misterio del cuarto amarillo

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—El hombre entró, pues, por la ventana en el momento que dice —declaré yo—, lo admito; pero ¿por qué volvió a cerrar la ventana, lo cual necesariamente debía llamar la atención de quienes la habían abierto?

—Puede ser que la ventana no fuera cerrada «en seguida» —me respondió el joven reportero—. Pero si volvió a cerrar la ventana, la volvió a cerrar a causa del recodo que hace el sendero cubierto de grava a veinticinco metros del pabellón y a causa de las tres encinas que se yerguen en ese lugar.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Robert Darzac, que nos había seguido y que escuchaba a Rouletabille con una atención casi anhelante.

—Se lo explicaré más tarde, cuando me parezca llegado el momento; pero no creo haber pronunciado palabras más importantes acerca de este caso, si se justifica mi hipótesis.

—¿Cuál es su hipótesis?

—Nunca la sabrá si no se revela ser la verdad. Es una hipótesis demasiado grave, sabe usted, para presentarla, mientras no sea más que una hipótesis.

—¿Tiene, por lo menos, alguna idea del asesino?

—No, señor, no sé quién es el asesino, pero no se preocupe, señor Darzac, lo sabré.


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