El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Así pues, el señor Stangerson y yo nos habíamos quedado en el pabellón. No hacíamos ningún ruido. Él estaba trabajando en su mesa. Yo, sentado en una silla y habiendo terminado mi trabajo, lo miraba y me decía: «¡Qué hombre! ¡Qué inteligencia! ¡Qué saber!» Hago hincapié en el hecho de que no hacíamos ruido, pues «por eso el asesino debió de creer que nos habíamos ido». Y, de repente, cuando el cuco daba las doce y media, un clamor desesperado salió del «Cuarto Amarillo». Era la voz de la señorita que gritaba: «¡Al asesino! ¡Al asesino! ¡Socorro!» En seguida resonaron unos tiros de revólver y hubo un gran ruido de mesas, de muebles arrojados al suelo, como durante una pelea, y otra vez la voz de la señorita que gritaba: «¡Al asesino!… ¡Socorro!… ¡Papá!»
Como puede imaginar, el señor Stangerson y yo nos lanzamos de un salto hacia la puerta. Pero ¡ay!, estaba cerrada y bien cerrada «por dentro», pues la misma señorita la había cerrado con llave y echado el cerrojo, como ya le he dicho. Intentamos derribarla, pero era sólida. El señor Stangerson estaba como loco, y de verdad era para estarlo, pues oíamos a la señorita que gemía: «¡Socorro!… ¡Socorro!…» El señor Stangerson daba golpes terribles contra la puerta y lloraba de rabia y sollozaba de desesperación e impotencia.