El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—Miren —prosiguió el joven reportero, indicándonos la tierra removida por unos tacones toscos—, el hombre se sentó ahí y se quitó los zapatones que se había puesto para despistar a la justicia, y luego, llevándolos sin duda consigo, se levantó con sus propios pies y volvió andando tranquilamente a la carretera llevando aún su bicicleta de la mano. No podía arriesgarse a ir en bicicleta por ese sendero tan malo. Además esto lo prueba la marca ligera y vacilante de la bici por el sendero, a pesar de la blandura del suelo. De haber ido un hombre en la bicicleta, las ruedas hubieran penetrado profundamente en el suelo… No, no, solamente había un hombre: el asesino y a pie.

—¡Bravo! ¡Bravo! —dijo otra vez el gran Fred.

Y de repente se acercó a nosotros, se plantó ante el señor Darzac y le dijo:

—Si tuviéramos aquí una bicicleta…, podríamos demostrar la exactitud del razonamiento de este joven, señor Robert Darzac… ¿No sabe usted si hay una en el castillo?

—No —respondió Darzac—, no la hay; la última vez que vine al castillo antes del crimen, hace cuatro días, me llevé la mía a París.

—¡Es una lástima! —replicó Fred con un tono de suma frialdad.

Y, volviéndose hacia Rouletabille:


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