El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—¡Bah! —dijo Rouletabille, algo cortado—. El asesino fue herido en la mano por el revólver de la señorita Stangerson.

—¡Ah! Observación brutal, instintiva… Cuidado, es usted demasiado «directamente» lógico, señor Rouletabille; la lógica le jugará una mala pasada si la maltrata de esa forma. Son muchas las circunstancias en las que hay que tratarla con suavidad, «tomarla de lejos»… Señor Rouletabille, tiene usted razón cuando habla del revólver de la señorita Stangerson. Es cierto que «la víctima» disparó, pero se equivoca cuando dice que hirió al asesino en la mano…

—¡Estoy seguro! —exclamó Rouletabille.

Fred, imperturbable, le interrumpió:

—¡Defecto de observación…, defecto de observación!… El examen del pañuelo, las innumerables manchitas redondas, escarlatas, impresiones de gotas que vuelvo a encontrar en la huella de los pasos, en el mismo momento en que el pie toca el suelo, me prueban que el asesino no fue herido. «¡El asesino, señor Rouletabille, sangró de la nariz!…»

El gran Fred estaba serio. No pude, sin embargo, contener una exclamación.

El reportero miraba a Fred, que miraba seriamente al reportero. Y Fred sacó en seguida una conclusión:


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