El Misterio del cuarto amarillo

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—El hombre, que sangraba en su mano y en su pañuelo, se limpió la mano en la pared. Es un elemento de suma importancia —añadió—, ¡pues el asesino no necesita ser herido en la mano para ser el asesino!

Rouletabille pareció reflexionar profundamente y dijo:

—Hay algo, señor Frédéric Larsan, que es mucho más grave que el hecho de maltratar la lógica, y es esa disposición de espíritu propia de ciertos policías que les hace, con toda buena fe, «doblegar con dulzura esa lógica a las necesidades de sus concepciones». Usted tiene ya su propia idea acerca del asesino, no diga que no…, y su asesino no puede haber sido herido en la mano, sin lo cual su idea se cae por sí misma… Y usted ha buscado y encontrado otra cosa. Ese sistema que consiste en partir de la idea que se tiene del asesino para llegar a las pruebas que se necesitan es muy peligroso, señor Fred, pero que muy peligroso… ¡Esto podría llevarlo lejos!… Cuidado con el error judicial, señor Fred; ¡lo está acechando!…

Y, riéndose un poco, con las manos en los bolsillos, ligeramente socarrón, Rouletabille clavó sus ojillos traviesos en el gran Fred.

Frédéric Larsan consideró en silencio a aquel muchacho que pretendía ser más hábil que él; se encogió de hombros, nos saludó, y se fue a grandes zancadas, golpeando las piedras del camino con su gran bastón.


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