El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¿Y qué prueba eso? Pero no quiero meterme en los asuntos del prójimo…
—¿Y qué piensa usted del asesino?
—¿Del asesino de esa pobre señorita? Una buena chica, vaya, y la querían mucho en el lugar. ¿Que qué me parece?
—Sí, ¿qué le parece?
—Nada… y muchas cosas…, pero a nadie le importa…
—¿Ni siquiera a mí? —insistió Rouletabille.
El ventero lo miró de reojo, gruñó y dijo:
—Ni siquiera a usted…
La tortilla estaba lista; nos pusimos a la mesa y comíamos en silencio, cuando empujaron la puerta de entrada y una mujer vieja, vestida de harapos, apoyada en un palo, la cabeza vacilante y el pelo cano colgando en mechones locos sobre su frente mugrienta, apareció en el umbral.
—¡Ah! ¡Es usted, tía Agenoux! Hace mucho que no se la veía —dijo nuestro hospedero.
—He estado muy mala, casi a punto de morirme —dijo la vieja—. ¿No tendría por casualidad restos para el «Animalito de Dios»?…