El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Así pues, la mujer joven de grandes ojos dulces que habíamos visto hacía un rato era la esposa de ese patán, repugnante y brutal, cuyos defectos físicos parecían dominados por ese defecto moral: los celos.

El ventero abandonó la pieza dando un portazo. La tía Agenoux seguía allí de pie apoyada en su palo con el gato bajo sus faldas.

El «hombre verde» le preguntó:

—¿Ha estado usted enferma, tía Agenoux, que no la hemos visto desde hace ocho días?

—Sí, señor guarda. No me levanté más que tres veces para ir a rezar a Santa Genoveva, nuestra buena patrona, y el resto del tiempo estuve tendida en mi camastro. No he tenido más que al «Animalito de Dios» para cuidarme.

—¿No la dejó a usted?

—Ni de día ni de noche.

—¿Está usted segura?

—Como del paraíso.

—Entonces, tía Agenoux, ¿cómo puede ser que la noche del crimen no dejara de oírse el grito del «Animalito de Dios»?

La tía Agenoux fue a plantarse frente al guarda y golpeó el suelo con su palo:


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