El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—No lo sé. Pero ¿quiere que le diga una cosa? No hay dos animales en el mundo que tengan ese grito… Pues bien, también yo, la noche del crimen, oí fuera el grito del «Animalito de Dios», y, sin embargo, estaba en mis rodillas, señor guarda, y no maulló una sola vez, se lo juro. ¡Me santigüé cuando lo oí como si oyera al diablo!

Yo miraba al guarda mientras hacía esta última pregunta y mucho me equivoco si no sorprendí en sus labios una malvada sonrisa socarrona.

En aquel momento, el ruido de una riña aguda llegó hasta nosotros. Hasta creímos percibir golpes sordos, como si pegaran o contusionaran a alguien. El «hombre verde» se levantó y corrió decidido a la puerta que había al lado del hogar, pero ésta se abrió, apareció el ventero y dijo al guarda:

—No se asuste, señor guarda. ¡Es mi mujer, que le duelen los dientes!

Y se rió.

—Tenga, tía Agenoux, bofes para su gato.

Tendió a la vieja un paquete. La vieja se apoderó de él lívidamente y salió, siempre seguida de su gato.

El «hombre verde» preguntó:

—¿No quiere servirme nada?

El tío Mathieu no contuvo más la expresión de su odio:


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