El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Al instante, Rouletabille me hizo andar cerca de una legua alrededor de la propiedad del profesor Stangerson. Se paró diez minutos en el ángulo de un caminito negro de hollín, cerca de las cabañas de los carboneros que se encontraban en la parte del bosque de Santa Genoveva que limita con la carretera que va de Epinay a Corbeil, y me confió que el asesino ciertamente había pasado por allí, «visto el estado de los zapatos toscos», antes de entrar en la propiedad e ir a esconderse en el bosquecillo.

—¿No cree, pues, que el guarda está metido en el asunto? —le interrumpí.

—Eso se verá más tarde —me respondió—. Por ahora lo que dijo el ventero de ese hombre no me preocupa. Su odio ha hablado por él. No ha sido por el «hombre verde» por lo que le he llevado a comer a «La Torre del Homenaje».

Dicho esto, con grandes precauciones Rouletabille se deslizó —y yo me deslicé tras él— hasta el edificio cercano a la reja, que servía de alojamiento a los porteros detenidos la misma mañana. Con úna acrobacia que me admiró, se introdujo en la casita por un ventanuco de la puerta trasera que había quedado abierto, y volvió a salir diez minutos más tarde diciendo aquella palabra que en su boca significaba tantas cosas: «¡Pardiez!»


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