El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—Me dijo que ya era muy vieja para casarse…, que había esperado demasiado…, que lo había pensado bien, que estimaba e incluso quería al señor Robert Darzac…, pero que más valía que las cosas no pasaran de ahí…, que continuaríamos como en el pasado…, que hasta sería feliz de ver que los lazos de pura amistad que nos unían con el señor Robert Darzac se estrechaban aún más, pero que quedara bien entendido que no se hablaría más de boda.

—¡Qué cosa más extraña! —susurró el señor Dax.

—Extraña —repitió el señor Marquet.

El señor Stangerson con una pálida y helada sonrisa dijo:

—Así que por ese camino no encontrará el móvil del crimen.

El señor Dax prosiguió con una voz impaciente:

—De todas formas, el móvil no es el robo.

—¡Oh! Estamos seguros de ello —exclamó el juez de instrucción.

En aquel momento, la puerta del laboratorio se abrió y el sargento de la gendarmería trajo una carta al juez de instrucción. El señor Marquet la leyó y lanzó una sorda exclamación; luego:

—¡Ah! ¡Esto es demasiado!

—¿Qué es?


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