El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡No está nada mal eso, jovencito! Enhorabuena…, y si bien no sabemos aún cómo se marchó el asesino, podemos seguir ya su entrada paso a paso y ver lo que hizo aquÃ: robó, ¿pero qué robó?
—Cosas sumamente preciosas —respondió el reportero.
En ese momento oÃmos un ruido procedente del laboratorio. Nos precipitamos allà y encontramos al señor Stangerson, quien, con los ojos desorbitados y los miembros agitados, nos enseñaba una especie de mueble-biblioteca que acababa de abrir y que apareció vacÃo ante nosotros.
En el mismo instante se dejó caer en el gran sillón que estaba corrido delante de la mesa y gimió:
—Me han robado otra vez…
Luego una lágrima, una pesada lágrima, corrió por su mejilla:
—Ante todo —dijo—, que no digan una palabra de esto a mi hija… Se sentirÃa aún más afectada que yo…
Dio un profundo suspiro y en un tono de dolor que nunca olvidaré añadió:
—¡Después de todo, qué más da… con tal que viva!
—Vivirá —dijo con una voz extrañamente conmovedora Robert Darzac.