El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—¡Ah!, pero esto cambia el cariz de las cosas y no corresponde ya a la concepción del señor Rouletabille —exclamó el señor Marquet—. Si la llave no abandonaba nunca a la señorita Stangerson, entonces el asesino habría esperado a la señorita Stangerson aquella noche en su cuarto para robarle la llave, y el robo habría tenido lugar después del asesinato. Pero, después del asesinato, había cuatro personas en el laboratorio… ¡Decididamente, ya no entiendo nada de nada!…

Y el señor Marquet repitió con una rabia desesperada que para él debía de ser el colmo de la embriaguez, pues no sé si ya dije que nunca era tan feliz como cuando no entendía nada:

—… ¡Nada de nada!

—El robo —replicó el reportero— sólo puede haber tenido lugar antes del asesinato. Es indudable, por la razón que usted cree y por otras razones que creo yo. Y, cuando el asesino entró en el pabellón, tenía ya la llave con cabeza de cobre.

—No es posible —dijo dulcemente el señor Stangerson.

—Es tan posible, señor, que aquí tiene la prueba.

El diablo del hombrecillo sacó entonces de su bolsillo un número de L’Epoque con fecha del 21 de octubre (recuerdo que el crimen tuvo lugar en la noche del 24 al 25), y, enseñándonos un anuncio, leyó:


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