El Misterio del cuarto amarillo

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Pero, antes de dársela a conocer a ustedes, debo decir que el señor Marquet me pareció muy perplejo sin saber si debía alegrarse por el nuevo paso que el pequeño reportero había hecho dar a la instrucción o si debía lamentarse por no haber dado él ese paso. Nuestra profesión comporta esos sinsabores, pero no tenemos derecho a ser pusilánimes y debemos pisotear nuestro amor propio cuando se trata del bien general. Por eso, el señor Marquet triunfó sobre sí mismo y le pareció bien unir al fin sus cumplidos a los del señor Dax, quien no se los escatimaba al señor Rouletabille. El chiquillo se encogió de hombros diciendo: «¡No hay de qué!» Le habría dado una bofetada con satisfacción, sobre todo cuando añadió:

—¡Más valdría, señor, que preguntara al señor Stangerson quién se encargaba normalmente de la llave!

—Mi hija —respondió el señor Stangerson—, y esta llave no la abandonaba nunca.






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