El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Joseph Rouletabille, solo, como si su precioso tiempo y su misión en la tierra no le permitieran hacer hincapié en la miseria humana, se acercó muy tranquilo al mueble vacío y, enseñándoselo al jefe de la Seguridad, pronto rompió el religioso silencio con el que honrábamos la desesperación del gran Stangerson. Nos dio algunas explicaciones, que nos importaban poco, sobre el modo como llegó a creer en un robo, por el descubrimiento simultáneo de las huellas, de las que ya he hablado más arriba, en el servicio y por el hecho de que un mueble precioso como aquél estuviera vacío en el laboratorio. No hizo más que pasar por el laboratorio —nos decía—, pero lo que primero le sorprendió fue la forma extraña del mueble, su solidez, su construcción de hierro, que le resguardaba de un accidente por llamas, y el hecho de que un mueble así destinado a conservar objetos, cuyo valor se debía estimar por encima de todo, tuviera en la puerta de hierro «la llave». No suele tenerse una caja fuerte para dejarla abierta… En fin, esa llavecita con cabeza de cobre, de las más complicadas, al parecer, había atraído la atención de Joseph Rouletabille, cuando había dormido la nuestra. Para nosotros, que no somos niños, la presencia de una llave en un mueble despierta más bien una idea de seguridad, pero para Joseph Rouletabille, que es evidentemente un genio —como dice José Dupuy en Los quinientos millones de Gladiator, «¡qué genio, qué dentista!»—, la presencia de una llave en una cerradura despierta la idea del robo. Pronto supimos la razón.


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