El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Y el gran Stangerson se echó a llorar como un niño.
Lo rodeábamos en silencio, conmovidos ante aquel inmenso desamparo. Robert Darzac, acodado en el sillón donde se había derrumbado el profesor, intentaba en vano disimular sus lágrimas, lo que por un instante me lo hizo simpático, a pesar de la instintiva repulsión que su extraña actitud y su emoción a menudo inexplicable me habían inspirado hacia el enigmático personaje.