El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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—¿No designan estas letras —prosiguió el reportero— a la señorita Stangerson? ¿No es esta misma la llave con cabeza de cobre?… Siempre leo los anuncios. En mi oficio, como en el suyo, señor juez de instrucción, siempre hay que leer los anuncios personales… ¡Cuántas intrigas se descubren!… ¡Y cuántas llaves de intrigas…, que no siempre tienen cabeza de cobre y no por ello dejan de ser interesantes! Este anuncio me sorprendió particularmente por la especie de misterio con que se rodeaba la mujer que había perdido una llave, objeto poco comprometedor. ¡Cuánto le interesaba esta llave! ¡Cómo prometía una fuerte recompensa! Y pensaba en estas seis letras. M.A.T.H.S.N. Las cuatro primeras me indicaban en seguida un nombre. «Claro —pensé yo—, Math, Mathilde…» La persona que perdió la llave con cabeza de cobre en un bolso se llamaba Mathilde… Pero no pude sacar nada en limpio de las dos últimas letras. Por eso, arrojando el periódico, me ocupé de otra cosa… Cuando, cuatro días más tarde, salieron los periódicos de la noche con enormes titulares anunciando el asesinato de la señorita MATHILDE STANGERSON, el nombre de Mathilde me recordó sin ningún esfuerzo, maquinalmente, las letras del anuncio. Un poco intrigado, pedí el número de aquel día a la administración. Yo había olvidado las dos últimas letras: S. N. Cuando las volví a ver no pude contener un grito: «¡Stangerson!»… Salté a un simón y me precipité en la oficina 40. Pregunté: ¿Tienen alguna carta a nombre de M.A.T.H.S.N.? El empleado me respondió: «¡No!», y como yo insistía rogándole, suplicándole que siguiera buscando, me dijo: «¡Ah!, pero vamos a ver, señor, ¿me están tomando el pelo?… Sí, tuve una carta dirigida a las iniciales M.A.T.H.S.N.; pero se la entregué, hace tres días, a una señora que me la reclamó. Hoy viene usted también a reclamar la carta. Ahora bien, anteayer un señor, con la misma insistencia descortés, también me la pidió… ¡Ya estoy harto de tanto pitorreo!…» Quise hacer preguntas al empleado acerca de los dos personajes que habían reclamado ya la carta, pero, o porque quería escudarse detrás del secreto profesional (sin duda, estimaba que ya había hablado demasiado), o porque estaba realmente harto de una posible broma, no me respondió más…


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