El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Volviendo a nuestro interrogatorio, o más bien a nuestra «conversación», debo señalar que el jefe de la Seguridad, al preguntar al señor Stangerson en qué condiciones se fue su hija a París el 20 de octubre, día de la pérdida del bolso, supimos así que fue a la capital acompañada de Robert Darzac, quien no volvió a aparecer en el castillo desde ese instante hasta el día siguiente al crimen. El hecho de que Robert Darzac estuviera con la señorita Stangerson en los grandes almacenes de la Louve cuando desapareció el bolso no podía pasar desapercibido y nos llamó la atención.
Iba a concluir esta conversación entre magistrados, acusados, testigos y periodista cuando se produjo un verdadero golpe teatral: cosa que nunca puede disgustar al señor Marquet. El sargento de la gendarmería vino a anunciarnos que Frédéric Larsan solicitaba ser introducido, lo que se le concedió inmediatamente. Llevaba en la mano un vulgar par de zapatos cenagosos que tiró en el laboratorio.
—¡Éstos son —dijo— los zapatos que llevaba el asesino! ¿Los reconoce, tío Jacques?
El tío Jacques se inclinó sobre aquel cuero infecto y, estupefacto, reconoció unos viejos zapatos suyos que había arrinconado en el desván hacía ya bastante tiempo; estaba tan aturdido, que tuvo que sonarse para disimular su emoción.