El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡Oh! Hace de ello muchos años, en América, en Filadelfia. Me robaron en mi laboratorio el secreto de dos inventos que habrÃan podido ser la fortuna de un pueblo… No sólo no supe nunca quién fue el ladrón, sino que nunca oà hablar de la finalidad del «robo», sin duda, porque para frustrar los cálculos de la persona que me habÃa robado, yo mismo lancé al dominio público los dos inventos, haciendo inútil el hurto. Desde entonces me he vuelto muy suspicaz y me encierro herméticamente para trabajar. Todos los barrotes de estas ventanas, el aislamiento del pabellón, este mueble que yo mismo mandé construir, esta cerradura especial, esta única llave, todo ello es el resultado de mis temores inspirados por una triste experiencia.
El señor Dax declaró: «¡Muy interesante!», y Joseph Rouletabille pidió noticias del bolso.
Ni el señor Stangerson ni el tÃo Jacques habÃan visto, desde hacÃa unos dÃas, el bolso de la señorita Stangerson. Nos enterarÃamos algunas horas más tarde, por propia boca de la señorita Stangerson, de que le robaron el bolso, o ella lo perdió, y que las cosas sucedieron como lo habÃa explicado su padre: que ella fue el 23 de octubre a la oficina de correos número 40, y que le entregaron una carta que sólo era —afirmó ella— la de un chistoso. La quemó inmediatamente.