El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo El silencio que siguió a esta dramática y luminosa explicación tenÃa algo de espantoso. Todos sufrimos por el ilustre profesor, abocado por la despiadada lógica de Frédéric Larsan a confesarnos la verdad de su martirio o a callarse, confesión aún más terrible. Vimos levantarse a aquel hombre, verdadera estatua del dolor, y extender la mano con un gesto tan solemne, que inclinamos la cabeza como a la vista de una cosa sagrada. Pronunció entonces estas palabras con una voz retumbante que pareció agotar todas sus fuerzas:
—¡Juro por la cabeza de mi hija agonizante que no dejé esta puerta desde el instante en que oà la llamada desesperada de mi hija, que la puerta no se abrió mientras estaba solo en el laboratorio y, finalmente, que cuando mis tres criados y yo entramos en el «Cuarto Amarillo» el asesino ya no estaba! ¡Juro que no conozco al asesino!
Tengo que decir que, a pesar de la solemnidad de semejante juramento, no creimos en la palabra del señor Stangerson: Frédéric Larsan acababa de hacernos vislumbrar la verdad: no era para perderla tan pronto.
Cuando el señor Marquet nos anunciaba que la «conversación» se habÃa acabado y nos disponÃamos a abandonar el laboratorio, el joven reportero, ese chiquillo de Joseph Rouletabille, se acercó al señor Stangerson, le cogió la mano con el mayor respeto y le oà que le decÃa: