El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Me sorprendió el acento profundamente grave con que mi joven amigo pronunció estas últimas palabras.
Repitió de nuevo:
—¡SÃ, TERRIBLE, TERRIBLE!… ¡Pero combatir «con la idea» es realmente combatir con nada!
En aquel momento, pasábamos por detrás del castillo. HabÃa anochecido. En el primer piso habÃa abierta una ventana. Una luz tenue salÃa de ella y también algunos ruidos que llamaron nuestra atención. Avanzamos hasta alcanzar el ángulo de una puerta que habÃa debajo de la ventana. Rouletabille me dio a entender con una palabra pronunciada en voz baja que esa ventana daba a la habitación de la señorita Stangerson. Los ruidos que nos habÃan detenido se callaron, y luego se reanudaron un instante. Eran gemidos ahogados… No lográbamos captar más que tres palabras que nos llegaban distintamente: «¡Mi pobre Robert!» Rouletabille me puso la mano en el hombro, se inclinó hacia mi oÃdo y me dijo:
—Si pudiéramos saber lo que dicen en ese cuarto, mi investigación se acabarÃa en seguida…
Miró a su alrededor; la sombra de la noche nos envolvÃa; no veÃamos más allá del estrecho césped bordeado de árboles que se extendÃa por detrás del castillo. Los gemidos habÃan callado de nuevo.
—Puesto que no podemos oÃr —prosiguió Rouletabille—, vamos a intentar ver…